martes, 25 de diciembre de 2012

Un paseo por Otsu




Por Jeancarlos Guzmán

¡Qué sombrío panorama es el que estas líneas nos han dibujado hasta ahora!, La muerte, el caos, la felicidad siempre fragmentaria y la tragedia. La sabiduría como no más que la conciencia de estos límites, ¡cuánto pesimismo! Pero ese panorama aparece sombrío precisamente en comparación a otras promesas, a otros ideales a grandes palabras que brillan y deslumbran en nuestros horizontes. Como el sol al alba, aún oculto en las montañas, que sin salir ya deslumbra a unos ojos curtidos en una perpetua noche en la que nacieron, así los ideales, las promesas, las palabras, siempre estuvieron entre nosotros como un etéreo y encandilante bálsamo de luz opuesto a las sombras inaprehensibles que quedaban a la espalda.


 
Sin embargo así como en la más densa oscuridad el velo de la negrura lo cubre todo y lo hace un uno indistinguible, así en sus más pequeñas pinceladas, la luz no solo nos es bella en sí misma, también enriquece el mundo al permitir aparecer bajo su influjo, cada color, cada línea, cada figura, y nuestros ojos se llenan de vida, y viven porque gracias a esa luz el mundo indistinto se vuelve distinto y ya no es lo mismo izquierda o derecha porque a la izquierda ahora vemos un rio que calma nuestra sed y a la derecha un manzano que mitiga nuestra hambre. O bien cualquier otra cosa, lo que la luz nos revela no depende de ella, pero aquello que se nos da, que se nos aparece nos aparece por el juego de esa luz, unas circunstancias y unos ojos que miran, siempre sabiendo que ante la ausencia de esa luz (o también de esas cosas o circunstancias, o de los mismos ojos) la profunda oscuridad volverá a enterrarse en cada gramo de ser. La muerte es el cierre de unos ojos; el vacío, la ausencia de circunstancias; y el caos de sensaciones de un niño sin lenguaje es la ausencia de luz.

Con este pequeño excurso quiero contextualizar la óptica desde la que  estoy abordando esta serie dándole un matiz más profundo. Hasta ahora cada capítulo ha pretendido penetrar un poco  más que el anterior en la lectura que de lo humano hacemos al “leer” el “texto” de estas OVAs. Desde las condiciones más concretas, muchas de ellas políticas, hasta algunas más encarnadas. Esta parte del texto tratará de acercarse a las respuestas más íntimas que se ensayan en el texto, y a medida que se avance cobrará mayor relevancia para hilvanar mejor los elementos de nuestro análisis. Como ya lo había adelantado este capítulo anterior, este estará dedicado a la figura de Tomoe, aquella figura que aparece dentro de tragedia de nuestro héroe. Tomoe es un personaje riquísimo que representa muchas cosas en esta historia. Una vez más podemos hacer, cuanto menos, una distinción en el abordaje de este personaje: Tomoe como símbolo y Tomoe como ser humano. Como símbolo Tomoe es un carácter dentro del texto que toma cierta forma y ciertas relevancias respecto de la lectura total de la historia narrada. Como ser humano es tratar de comprender sus circunstancias más allá de la lectura poética que la narración nos da.  Kenshin como símbolo es el héroe trágico de nuestra historia, como ser humano esta arrojado a infinitas interpretaciones de su proceder, de sus circunstancias, etc. Volviendo a Tomoe, entonces, centrémonos en esta primera lectura para ver como su presencia juega en este tablero (en este texto) y cuánto de ese juego nos invita a jugarlo cada vez que las fichas se disponen en cada una de nuestras mentes.

¿Qué fue lo que Tomoe le enseñó a Kenshin? ¿Qué fue lo que le dio? ¿Cómo fue que ella lo puso más en contacto con el espíritu del Hiten Mitsurigi? Hemos hablado del caos del tiempo, caos que no es solo externo sino, principalmente, interno… Hemos hablado de la fragilidad humana ligada íntimamente a este caos… y de cómo el maestro del Hiten Mitsurugi se inclina por un proteger privado más que por uno público… Hemos hablado de la inocencia de Kenshin, las inocencias de quienes asesinaba y como las redes concretas de la existencia eran paso obligado y limitante de todos los ideales.... Propongamos ahora una nueva clave de lectura: si todo caos visto y vivido como caos es oscuridad, y todo ideal de un orden completo es luz ¿Qué hay en medio, aquí donde vivimos? Llamémoslo carne, cuerpo, espíritu, vida, humanidad (entendiendo una profunda relación inquebrantable entre estas palabras como si casi fueran una) El caos al que esta carne esta lanzada, o mejor dicho la tensión de esos hombres que son carne, que son espíritu, es porque estos se hallan y son en el intermedio entre el caos y/o el sinsentido, y la luz y/o la promesa de sentido. El ser humano es hijo de su tiempo y de sus circunstancias, tan compartidas como inconmensurables. El azar lo arroja al tiempo y lo ancla a una tierra, a una época, a una gente, el abre los ojos en un concierto armado, pero desde que lo hace el también tiene algo que decir en ese concierto, y tiene algo que decir en la medida que el mismo oye y que reconoce que hay quien lo oirá. Lo mismo las acciones, que sabemos que los otros ven, entienden y los afectan tanto como las de ellos nos afectan a nosotros. Desde que las palabras que usamos nos hacen comprensible un mundo infinitamente complejo está en ellas una promesa implícita. Desde que el caos primordial puede ser vuelto cosmos (le puede ser dado un orden) en las palabras y desde que en nuestro mundo carnal, espiritual, humano vemos que aún hay complejidades que se resisten al ordenamiento. La promesa de esos cosmos brilla tras nuestros horizontes, y a veces brilla tanto (o suponemos que lo hace o imaginamos cómo lo haría su fuera real) que inmolamos el mundo de la carne, de la vida, a ese dios oculto, a esa promesa. La pregunta es, ¿El hombre puede vivir sin esas promesas? ¿Cuál es su función e incluso su necesidad? ¿y sus riesgos? El hombre vive con su mundo cercado por “un horizonte cubierto de mitos” nos decía Nietzsche en su primer libro[1], y estos mitos son necesarios y buenos para la vida mientras no se pongan excluyentemente delante de ella. Hemos hablado de las inocencias de los personajes, estas inocencias se encuentran retratadas en su fe en sus mitos, en las luces que ellos veían, en las promesas en las que creían. Kyosato peleaba por un determinado orden social, y por un lugar para sí y para su futura esposa en ese orden, y no solo eso sino que él mismo trató de hacerse promesa y luz al insertarse en esa gramática de guerra, honor y lucha: la gramática del samurái. De esta manera esperaba brillar para Tomoe, porque no se entendía a sí mismo y a su felicidad fuera de ese juego, ¡he ahí su sinceridad!, su inocencia y su legítimo reclamar y luchar por un lugar para sí en el espacio y el tiempo en el que le tocó nacer. Con Kenshin pasa algo parecido, es fácil releer el capítulo anterior en esta clave para ver a qué me refería cuando hablaba de las inocencias rotas de Kenshin, de sus altas y nobles promesas quebradas al insertarse en las reglas del juego propias de los juegos humanos; o más que quebradas estiradas y desfiguradas hasta hacerlas difíciles de reconocer. ¿A qué o quién le apuesta entonces el Hiten Mitsurugi en este juego?

Ya hemos ensayado una respuesta, pero podemos decir ahora que el Hiten Mitsurugi apuesta por la carne (más adelante quedará algo más claro el por qué prefiero esta palabra a las otras que estoy tratando casi como sinónimos). Apuesta por ese espacio intermedio entre las sombras y la luz, por esa luz familiar que alumbra lo cercano, que hace visible lo más propio, con corto alcance, con calidez más que con fuerza. Hago hincapié en la palabra “carnal” o “carne” para establecer la íntima relación con lo corporal y concreto que tiene este mundo intermedio, para oponerlo a los “mundos verdaderos” (Expresion de Nietzsche) de la Justicia, lo Divino, la Verdad, lo Intelectual. Para incluso entender estos últimos como estrechamente ligados a la carne. Y a esta, como lo propio, lo que tiene más sentido o, al menos, lo que no tiene sentido poner en duda (como el ejemplo que pone Wittgenstein del dolor: Si él o ella dice “me duele” puede ser verdadero o falso, pero si yo digo “me duele” no tiene sentido preguntarme si es verdad o no), el reino de lo íntimo pero que también es compartido ya que la carne no es una idea que nadie más puede ver, sino algo que interactúa con otros cuerpos y que se define y delimita en este juego. Hiko se ve a sí mismo como carne y como tal percibe a las demás personas. Las siente en su cercanía, con empatía, con injusticia. Se arroga a sí mismo el derecho de proteger a su prójimo (próximo) al precio de matar a otros no por un orden superior, sino por un sentir interior, pero también es muy consciente de esto, no deja su espada suelta, la inscribe con toda la responsabilidad que puede en el devenir de los acontecimientos, sabe que su fuerza no es más que una circunstancia entre muchas, por eso decide usarla no más que dentro de esas circunstancias, sabe que la carne que corta su espada es la misma carne que es él y quienes quiere proteger.

Kenshin se dejó deslumbrar por la luz, y cada vez que intentaba acercarse esta se alejaba en el horizonte, dejándole solo con el mundo que tenía alrededor, un mundo de rostros, de carne que él estaba destajando en nombre de un tenchuu (justicia del cielo). Poco a poco ese horizonte se estrechaba, y como un asesino de las sombras una luna pálida era todo lo que le alumbraba.  “Si supiese quienes son, dudaría al hacerlo” le dice a Tomoe sobre los hombres que mata.  En otras palabras, para matarlos tiene que alejarlos, convertirlos en “enemigos”, en “números” en rótulos. En otros términos convertirlos en una palabra a la que no sea muy doloroso borrar del papel. La vida como un papel, los hombres como solamente denominaciones. En ese mundo de intrigas políticas el universo se traduce en organigramas donde las personas son lo que indica su posición en el mismo. Más que nunca la imagen del juego de ajedrez aparece en toda su severidad. Un tablero, reglas fijas y cada quien es lo que dicen esas reglas, y no más de lo que estas permitan. Solo importa el objetivo, la importancia de las fichas está dada por su valor estratégico para lograr dicho objetivo que es la victoria. Kenshin es un poderoso alfil y Kyosato probablemente no era más que un peón, y los peones mueren todos los días, son los primeros en ser sacrificados para abrir paso a las fichas importantes. Tomoe será quien a partir de esa cercanía establecerá el puente entre Kenshin y Kyosato, le mostrará el rostro de la muerte que él mismo ha esparcido. Le enseñó que detrás de cada rótulo hay un  ser humano como él, con una historia, con un mundo que proteger, con relaciones que perpetuar. En el tiempo de Otsu Tomoe no solo le hizo volver a ver a los demás como algo más que “gente, por cuya paz peleo”, “el bando en el que sirvo”, “gente que debo matar”. Las comillas son importantes porque revelan el carácter básicamente nominal de estas palabras. En ese tiempo Kenshin aprendió a desencomillar, a comprender como lo que quieren decir esas palabras se hunde en su carne y se nutre de su sangre, al hacer eso él mismo dejó de ser “el hitokiri”, “el que hace caer la lluvia de sangre” y se convirtió en una persona más, de tal manera que cuando tras el fatal desenlace vuelva a tomar su espada “el hitokiri battousai” será un personaje juzgado necesario, y no una carcasa hueca y automatizada. Se reconectará, al menos en parte, con el espíritu del Hiten Mitsurugi, porque en ese sentirse carne, sentirse humano encontrará el latido de la vida, como algo más tangible que la luz de sus grandes ideales. Como su posibilidad, como su apertura y no como su obstáculo. Filósofos contemporáneos como Martin Heidegger y Hans G. Gadamer hablan del ser humano como un proyecto arrojado a unas circunstancias, a una historia; los grandes ideales, la luz de la que he venido hablando no es sino la promesa de la realización determinada de ese proyecto, de su cristalización dentro de la concretitud de las circunstancias. Sin embargo la vida humana, más que agotarse en el presente es una continua pregunta por el futuro, a la que (creo) debemos responder con promesas y con apuestas, pero sin que ellas nos cieguen de nuestro anclaje, de nuestro tiempo, de nuestro ser cuerpo y carne, espacio-temporales en un determinado espacio y tiempo. He ahí la responsabilidad de vivir, he ahí el peso al que se refería Hiko al decirle a Kenshin “…el  verdadero peso que debes llevar es la vida que se te ha dado”. El haber sentido la liviandad y la enorme pesadez de la vida como carne en este mundo es el legado que el tiempo de Otsu le dejo a nuestro héroe. Más adelante exploraremos algo más de esa liviandad, con esa nota de optimismo cerraremos este artículo cuyo tenor espero no haya sido tan sombrío como para desanimarlos en seguir la lectura. Por el momento esto sería todo.


[1] El Nacimiento de la Tragedia

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Información del autor:
Estudiante de Filosofía en la PUCP, aficionado al anime, miembro y ex-coordinador de Shin Bunka Yûgô Club, un grupo de jóvenes universitarios que busca hacer un acercamiento mas académico al anime reconociendo en este su valor como vehículo de reflexion de nuestro tiempo. (para mas información sobre el grupo buscarlo en Facebook o en su blog )
Es además aficionado a la Historia y cultura tradicional del Japón asimismo también de su literatura e idioma. A su vez es aficionado a la poesía, y dentro de la filosofía, tiene particular interés en temas de metafisica e idealismo, especialmente el aleman de los siglo XVIII y XIX.

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